sábado, 4 de septiembre de 2010

El callo

La mayoría de las personas buscamos respaldo argumental para alguna actitud que no tiene justificación. Estos argumentos producen daños no previstos, como tampoco se había evaluado el daño de la actitud original. Actuar sin consultar, hablar sin pensar, pensar en círculos cerrados inexpugnables (me refiero a la cascada de razonamientos que no admiten el agregado o la quita de elementos, eso proporciona autoinmunidad al argumento)…

Siempre es más barato pagar el precio original, que tener que hacerse cargo de los perjuicios provocados en la alocada carrera de justificar lo injustificable, pero ¿de dónde proviene la sabiduría para poder conocer esto?

El arrepentimiento sincero, el que lleva al efectivo convencimiento de no repetir, es la medicina más rápida. Tiene un costo muy alto para el orgullo que con suerte quedará subordinado desde ese momento, hasta su total disolución, a los valores virtuosos.

De no existir el arrepentimiento sincero se produce el equivalente a una “llaga” o “úlcera”, que propiciada por el orgullo, con el transcurrir del tiempo forma una “costra” o cáscara personal y social, conocida comúnmente como “máscara”, alimentada por los depurados modales correspondientes. Con tal de conservar esta máscara, toda idea contraria debe combatirse, debe disolverse… cualquier sentimiento o necesidad, desvanecerse, postergarse y hundirse en el más profundo y oscuro de los estratos. A partir de entonces comienza la vertiginosa huida de la Luz, las alianzas entre desesperados que viven en las sombras, verdaderos vampiros de esfuerzos conscientes ajenos, la caza de las víctimas que permitan sostener lo insostenible y que serán contagiadas en su inmensa mayoría.

La máscara pasa a equilibrar y completar una moralidad resquebrajada. La falta de moral es monstruosa en la sociedad, pero ante la evidencia de su ausencia se puede tomar resguardo. Por otra parte la moralidad a medias compensada con máscaras mantenidas con astucia, mentiras y difamación es devastadora para una vida personal y social en armonía.

Por algo se anda diciendo que el cambio social debe nacer en el interior de cada uno de nosotros. Hasta que no seamos libres en nuestro interior para mostrarnos a la Luz sin temores, no podremos tener una sociedad de iguales… La máscara hace las diferencias…

Así como el perdón que nosotros otorgamos, nos libera del tóxico veneno de la ira y el deseo de venganza, el arrepentimiento sincero nos concede la libertad de optar por la Luz. Cuando seamos libres y vivamos como iguales el mundo se parecerá mucho al paraíso prometido y dejará de ser el infierno del que todos queremos escapar.

2 comentarios:

  1. Hola Hugo...esto me encanto, te aplaudo, amigo!!!...tienes una manera tan explícita y metafórica de escribirlo, que quede absorta.
    Cuanta realidad, no?...
    La manera como enlazas la verdad cotidiana de este mundo y su gente con la enfermedad, es la mejor manera de ser explicado, muy bueno...saludos!!!

    ResponderEliminar
  2. Gracias Carla por tu comentario. Soy muy nuevito con esto de los blogs, todavía no lo manejo bien. Ya iré aprendiendo. Por ahora encuentro como un alivio al poder publicar las cosas que se me ocurren, al pensar que alguien al leerlas me permita ser parte de su cambio, como otros han hecho conmigo...

    ResponderEliminar